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Obtener e-book Ser sacerdote (Libros Palabra nº 64)

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El Sacerdote en la Misa

La razón moderna perfecciona los medios, pero pierde los fines. La Iglesia Católica insiste en los fines, pero tiene dificultades para poner los medios. También otras veces las generaciones han tenido la impresión de un fin de mundo. Recuérdese el desmoronamiento del Imperio romano.


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Es en el horizonte de la fe y la justicia que se hace necesario establecer un vínculo entre fe y razón. Esto es así, sin embargo, solo en la medida que esta fe sea mediada a estos niveles. Para ambos casos, el acceso hermenéutico lo facilita el primer apartado, titulado "la fe de la Iglesia". Es decir, no hay acceso posible a Cristo que no sea histórico y, por tanto, hermenéutico. Los textos bíblicos que nos hablan de Cristo han sido escritos todos sin excepción por discípulos suyos. Y, por otra parte, pueden ser mejor comprendidos por los que hoy los leen en la misma Iglesia que los produjo.

No son textos neutrales. Han sido escritos precisamente para despertar y sostener la fe en Cristo. La Iglesia no es Cristo y Cristo no es la Iglesia, pero pretender separarlos lleva a olvidar exactamente lo que hay que recordar. La fe cristiana en sí misma es una realidad histórica: la Iglesia ha creído en Cristo a lo largo de los siglos. La modalidad de la fe cristiana admite innumerables versiones correspondientes a épocas y culturas muy distintas. Es tal la imbricación histórica entre la fe de unos cristianos y otros, que se trasmiten el Evangelio y lo reciben ad modum recipientis, que cualquier intento por fijar el concepto de la fe en las categorías de un tiempo y lugar determinado resulta arbitrario.

La fe, que no puede darse sino inculturada, que en ruptura total con una cultura se hace ininteligible, bien puede verificarse en culturas muy variadas 7. Bien podría decirse que entre fe, libertad e historia se da una relación triangular necesaria. La historia es inherente a la fe porque la libertad opta por Dios cuando tiene "memoria" cultural-mente acumulada de la fidelidad de Dios y porque se orienta por una "promesa" divina que la sostiene, sea para crear un mundo distinto, sea para soportar aquellos sufrimientos que inclinan a pensar que no hay historia sino fatalidad.

La fe supone una historia, la experiencia temporal de un Dios que, porque ama, libera al hombre para que, con su creatividad, comience otra vez la historia y la enderece hacia su fin.

Meditaciones de Marco Aurelio, libro completo

Sin historia no hay fe. Sin fe no hay historia. En ambos casos la libertad movida por el amor conecta a una con otra, precaviéndolas del pesimismo y de las esclavitudes con que normalmente se conjura el riesgo de la misma libertad. A saber, que el Hijo de Dios ha asumido perfectamente la humanidad con todo lo que ella implica, incluida la incertidumbre de avanzar por la vida bajo el régimen del discernimiento de la voluntad de Dios.

De aquí que la fe en Cristo es la fe en un ser histórico, no en "algo" imperecedero, sino en "alguien" que ha debido actuar y decidir humanamente, como lo especificó posteriormente el Concilio de Constantinopla III La fe cristiana, por cierto, constituye una realidad antropológica que encuentra paralelos en otras culturas 8.

Que significa ser: sacerdote,profeta y rey

Su concepto puede ser elucidado filosóficamente. Fe y razón, cuando el concepto de ambas respeta su índole específica, cuando compatibilizan en una sola lógica que hace necesaria una para la otra, pueden juntas hacer frente al pesimismo que generan los innumerables males que nos aquejan. Que la fe sea fe en Cristo, tipifica y modula el acto de creer. La historia judeocristiana es tan interior a la fe, que sin ella no es posible controlar lo que se entiende por fe cristiana.

En América Latina se levantan voces en nombre de una fe eminentemente histórica. En esta clave hermenéutica se defiende una lectura "interesada" de los textos de la Escritura, a modo semejante de la que hicieron los hagiógrafos y comunidades cristianas primitivas por otros motivos también históricos. Por el contrario, el empeño institucional o devoto por restar a la fe de la Iglesia su raigambre histórica constituye para la teología de la liberación una auténtica traición al credo original.

Traición preñada de consecuencias nefastas para los pobres. Dos son fundamentalmente los reclamos de la teología de la liberación sobre el punto. Ya en los primeros años Gustavo Gutiérrez lamentaba el dualismo de una teología incapaz de pensar la acción de Dios en la historia. Gustavo Gutiérrez ha resaltado la importancia de la unidad de la historia en contra de la teología que, por destacar la salvación ultramundana, termina por desvalorizar la historia profana Este planteamiento, sin necesariamente querérselo, perjudica a los pobres. En contrario Gutiérrez reclama que hay una sola historia, la de Dios y la del hombre, en la que es posible distinguir la salvación de Dios como salvación en este mundo y de este mundo.

Precisamente esta visión de la historia es la que ha hecho posible concebir la salvación como "liberación". Por nuestra parte podemos agregar que una Iglesia que encara al mundo como una realidad profana de la que ella, por considerarse sagrada, no forma parte, impide a la misma Iglesia reconocer al Verbo encarnado y la inhabilita, porque la desautoriza para proclamar el Evangelio como auténtica buena noticia.

Una Iglesia inconsciente del mundo del que forma parte, que exige del mundo una conversión de la que ella se cree eximida, no puede llevar a Cristo. El otro de los reclamos dice relación con las críticas reiteradas que algunos autores han hecho del uso ideológico de la religión y de la teología. La teología de la liberación ha hecho suya la posibilidad moderna de sospechar de la propia Iglesia.

Pero una vez que se ha recuperado la índole histórica de la Iglesia -como arriba se ha dicho- se ha hecho inevitable analizar sus relaciones con las otras instituciones y fuerzas sociales, y evaluar su contribución a la liberación de los pobres o a su sometimiento.

¿Quién fue Melquisedec?

La liberación de los pobres, en este caso, hace las veces de criterio clave de la verificación de la salvación, y podríamos agregar, de la santidad cristiana. Los pobres tienen un modo particular de creer que enriquece la comprensión de Cristo de la Iglesia. Afirma Sobrino: "Por ser los privilegiados de Dios y por la diferencia con la fe de los no pobres, los pobres cuestionan dentro de la comunidad la fe cristológica y le ofrecen su dirección fundamental" De la otra parte del mundo, Aloysious Pieris confirma la importancia que tiene la eclesiología para la cristología.

En fin, no cualquier modo de creer de los cristianos constituye un principio de acceso a Jesucristo. Hay realizaciones eclesiales que derechamente lo impiden. Creer en Dios es lo propio de la fe religiosa. Creer en un hombre es posible en términos muy limitados. Por tanto, que un hombre merezca fe religiosa es, en principio, demencial.


  1. Sefarad Tierra de Huesos Secos: Israelitas Mezclados en Apellidos Judeoespañoles.
  2. El Amor Que Tuvimos Y Perdimos.
  3. «Las Reglas Apostólicas».
  4. Los crono-amos (la era del cometa II).
  5. El Sacerdote en La Misa.
  6. Algunas curiosidades sobre la Biblia que quizás no sepas;
  7. Introducción!
  8. La muerte se lo lleva todo. Afirmar que, en realidad, ha creído en un resucitado elude algo decisivo. Porque la fe en el resucitado solo tiene sentido para la Iglesia cuando se afirma su identidad con el crucificado. Y como todo lo que filosóficamente carece de sentido, si se lo levanta como paradigma de lo humano, lleva a las penosas consecuencias que se siguen de cualquier apuesta por la irracionalidad.


    1. ARCHBISHOP JOSÉ H. GOMEZ.
    2. La mansión de las tríbadas.
    3. Meditaciones, por Marco Aurelio?
    4. La Misión De Elias: Un llamado a todos los profetas e intercesores.
    5. La credibilidad humana, a su vez, se articula bajo dos respectos íntimamente vinculados. Los hombres creemos en "algo" y también creemos a "alguien".

      Epístola a los hebreos

      Ninguno de nosotros podría comprobar por sí mismo que la inmensa mayoría de saberes sobre los que descansa la vida es verdadera o falsa. Son muy pocas las cosas sobre las cuales podemos decir que tenemos una comprobación personal. Todos nosotros descansamos sobre los conocimientos milenarios, las ideas, la sabiduría que la humanidad ha adquirido fatigosamente por sucesivas generaciones para elevar sus condiciones de vida.

      El conocimiento se incrementa por la superación de la ignorancia o el error. Si "algo" sabe, en otras palabras, si tiene la verdad, la tiene en la medida que la historicidad de la humanidad se lo concede. Pretenderlo, en realidad, nos pone del lado del engaño voluntario o incauto, lo que es especialmente grave cuando se avalan estos procedimientos en el nombre de Dios.

      Sabemos que ignoramos, pero también que podemos aprender. La sensatez humana fundamental nos permite "creer" en la verdad aunque sea con esta precariedad suya, la cual, paradójicamente, constituye una riqueza en cuanto cura de la hybris del conocimiento y de las mejores ideas de la humanidad. Pero, en definitiva, la fe antropológica en "algo" descansa en la fe en "alguien". Necesitamos confiar en personas. No nos basta con estar en la verdad distinta del error , pues la humanidad requiere ante todo una articulación moral, una verdad moral o personalmente sustentable distinta de la mentira.

      Por cierto, la falta de verdad en este plano tiene consecuencias negativas. Pero la falta de verdad moral tiene un efecto devastador para las relaciones de las que depende la felicidad humana. Una sociedad insegura, desde este punto de vista, es una sociedad en peligro de desintegración. Incluso las agrupaciones mañosas prosperan en base a férreos códigos de honor. Las pestes diezmaron la población europea.

      Otras enfermedades hicieron algo parecido con las etnias latinoamericanas. Tal pretensión tendría evidentes visos de inhumanidad. En virtud de la Encarnación del Hijo descubrimos que la palabra humana tiene valor de Palabra divina. La razón exige que así sea, de lo contrario la historia carecería de consistencia y la fidelidad humana no tendría importancia alguna.

      Ello nos sacaría de la vida. El racionalismo, en el plano teológico, capta la forma de la Encarnación la identificación de Dios con el hombre , pero vacía su contenido el amor inconmensurable de Dios por el hombre. Por el contrario, la ortodoxia señala que en el Hijo encarnado recuperamos la racionalidad de la historia, pero corregimos la tendencia a medir la fidelidad divina con la vara de la fidelidad humana.

      Esta le otorga inteligibilidad.

      Introducción

      Le evita el curso del fideísmo. Pero no simplemente el Dios de la razón, sino el Padre amoroso de Jesucristo. Por tanto cabe también preguntarse hasta dónde sea humanamente posible creer en un crucificado. Se trata de la lógica que regula el mundo con una fuerza casi incontrastable.